Celebremos a María de Guadalupe 

por Lic. Gabriela Gabioud, Equipo de Medios

El principal centro de culto de esta advocación mariana es en la Basílica de Guadalupe, en el norte de la ciudad de México.

De acuerdo a la tradición mexicana, la Virgen María se apareció cuatro veces a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac.

Según el relato guadalupano, conocido como Nican morpohua, tras una cuarta aparición, la Virgen ordenó a Juan Diego que se presentara ante el primer obispo de México, Juan de Zumárraga

Así, Juan Diego llevó en su tilma (una manta de algodón que llevaban los hombres del campo a modo de capa, anudada sobre un hombro),unas rosas

―flores que no son nativas de México y que tampoco prosperan en la aridez del territorio― que cortó en el Tepeyac, según la orden de la Virgen.

Al desplegar su tilma ante el obispo, quedó al descubierto la imagen de la Virgen María, morena y con rasgos mestizos.

Las mariofanías o apariciones de la Virgen María  tuvieron lugar en 1531, ocurriendo la última el 12 de diciembre de ese mismo año.

Su devoción se ha expandido y ha llevado a llamarla “Emperatriz de América” y “Patrona de las Américas”.

En nuestra Basílica, María de Guadalupe tiene su altar ubicado a la izquierda de la altar central. Esta imagen fue traida de México en los años ´30. En la pared del costado podemos observar una pintura que representa el milagro en la tilma de San Juan Diego y es de la misma época.

Mientras que la pintura de atrás de la imagen, data de 1957 y muestra el milagro de las rosas.

Este recinto es el ámbito elegido para el rezo de rosarios, las oraciones con las embarazadas, las mamás con ganas de estarlo o en trámite de adopción, el

encuentro y  la alabanza de creyentes, visitantes de nuestro país y del mundo… y en especial, de emigrantes de otros países latinoamericanos radicados en esta.La ubicación privilegiada de la parroquia en el barrio de Palermo y en la ciudad de Buenos Aires, hace que sea un lugar visitado asiduamente.

María de Guadalupe parece integrarnos, unirnos, congregarnos como verdadera “Estrella de Evangelización” como la nombrara Juan Pablo II.

 

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 Ojalá que ante esta nueva festividad que compartiremos, seamos humildes como ese indígena mexicano,

que como cualquiera de nosotros

tenía sus propias alegrías y sus propias dificultades en el trabajo y con su familia,

pero escuchó el mensaje de fe y amor de María.

A Ella confiémosle nuestras angustias, nuestros miedos,

nuestras preocupaciones, nuestras tristezas

para que las transforme

en rosas de crecimientos, de esperanzas y de caridad.

Dejémosnos acariciar por sus manos y recibamos su ternura que anima y da protección.

En su abrazo de madre valoremos y respetemos la vida de cada niño, cada joven, cada hombre o mujer, cada abuelo, y en ellos,

alababemos a Dios.

Trabajemos por la paz: en nosotros, con los otros, en nuestras comunidades y en esta bendita tierra.

Seamos conscientes de que la Guadalupana camina con nosotros diciéndonos, como a San Juan Diego:

                                                                                                                                             ‘No se turbe tu corazón… ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”